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“Nadie puede matar en el nombre de Dios” (Papa Francisco, enero 2017)

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XI Pleno de la Asamblea Parlamentaria del Mediterráneo

23-24 de febrero de 2017

Oporto, Portugal

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  1. E. Arzobispo Rino Passigato

Nuncio Apostólico de Portugal

Observador de la Santa Sede en el XI Pleno de la APM

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 Su Excelencia, Sr. Eduardo Ferro Rodrigues,

Presidente del Parlamento Portugués;

Su Excelencia, Senador Lhou Lmarbouh,

Presidente de la Asamblea Parlamentaria del Mediterráneo;

Distinguidos Delegados,

Señores y Señoras,

Tengo el honor de representar a la Santa Sede en esta reunión del XI Pleno de la Asamblea Parlamentaria del Mediterráneo. Me complace extenderles los mejores deseos de parte de Su Santidad el Papa Francisco, y de los de Su Eminencia el Cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado de Su Santidad, a todos los reunidos hoy aquí. De esta forma, les expreso la gratitud de la Santa Sede por la amable invitación para participar como Observador en esta reunión, como ya se ha hecho en muchas otras ocasiones. La Santa Sede, por su parte, renueva su compromiso para apoyar les objetivos de la Asamblea Parlamentaria del Mediterráneo que busca la paz, la seguridad y la estabilidad mediante la promoción del diálogo político, basado en el respeto a los derechos humanos fundamentales y a la dignidad de la persona humana.

Además, aprovecho esta oportunidad para expresar el reconocimiento de la Santa Sede, por la importancia que desde sus inicios otorga la Asamblea Parlamentaria del Mediterráneo al diálogo interreligioso y cultural, para alcanzar sus objetivos de seguridad y paz en ambos lados del Mediterráneo. Por lo tanto, espero con interés las conversaciones sobre el trabajo de las comisiones permanentes y, particularmente, el de la Tercera Comisión Permanente: Diálogo entre Civilizaciones y Derechos Humanos.

Durante su reunión del pasado 9 de enero con el Cuerpo Diplomático acreditado por la Santa Sede, el Papa francisco dedicó su discurso en aquella ocasión al tema de la seguridad y la paz, subrayando y renovando su firme convicción personal “de que toda expresión de la religión está llamada a promover la paz[1]. Desafortunadamente, en los tiempos en que vivimos, no ha habido reducción alguna de los actos de violencia motivados por la religión, que han causado incontables víctimas inocentes en varias partes del mundo. Cuando consideramos el gran número de acciones inspiradas por la religión que han contribuido al bien común a través de la educación y la asistencia social, especialmente en áreas de pobreza y conflicto, es particularmente repugnante y ofensivo para todos los creyentes religiosos sinceros el que la religión pueda ser utilizada para fomentar el odio, la violencia y la muerte. Por esta razón, el Papa Francisco ha renovado su llamamiento “a todas las autoridades religiosas para que se unan en la reafirmación inequívoca de que nadie puede matar en el nombre de Dios”[2].

El terrorismo es una de las más virulentas amenazas a la seguridad y la paz en la región mediterránea, y esta organización ha jugado un papel clave, a través de varios talleres regionales organizados bajo sus auspicios, para confrontar esta amenaza. Un elemento esencial de la erradicación del terrorismo consiste en afrontar las causas raíces, ya sean sociales, políticas o económicas. De hecho, la pobreza social ha sido identificada como un motor de terrorismo. Sin embargo, hay muchas formas de pobreza. En efecto, el Papa Francisco ha señalado que el terrorismo fundamentalista motivado por la religión “es el fruto de una pobreza espiritual profunda, y a menudo está relacionada con una pobreza social significativa. Solamente puede ser totalmente derrotada con la contribución conjunta de los líderes religiosos y políticos. Estos son los encargados de transmitir aquellos valores religiosos que no separan el temor a Dios del amor al vecino. Estos son los encargados de garantizar en foros públicos el derecho a la libertad religiosa, al tiempo que confirman la contribución positiva y constructiva de la religión a la construcción de una sociedad civil que no ve oposición entre la pertenencia social, sancionada por el principio de ciudadanía, y la dimensión espiritual de la vida. Las autoridades gubernamentales también son responsables de garantizar que no se den las condiciones que puedan servir de terreno fértil para extender formas de fundamentalismo. Apelamos a políticas sociales adecuadas con el propósito de combatir la pobreza; tales políticas no pueden prescindir de una apreciación clara de la importancia de la familia como lugar privilegiado para el crecimiento en la madurez humana, y desde una mayor inversión en las áreas de educación y cultura.[3]

En virtud de las observaciones anteriormente citadas por el Papa Francisco, deseo destacar la importancia que la Iglesia Católica da al papel de la religión y la educación en la prevención de la radicalización que conduce al terrorismo y a la violencia extrema. Un mejor entendimiento del papel de la religión y la educación puede propiciar la auténtica armonía social necesaria para la coexistencia en una sociedad multicultural.

Gracias por su amable atención.

[1] Cf. Alocución de Su Santidad el Papa Francisco a los Miembros del Cuerpo Diplomático acreditado por la Santa Sede en el tradicional intercambio de felicitaciones de Año Nuevo, 9 de enero de 2017.

[2] Ibid.

[3] Ibid.

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